Sobre el glorioso patriarca san José se han escrito a lo largo de los siglos, en especial a partir de santa Teresa de Jesús, muchas y admirables cosas. Existe mucha más doctrina y predicación que la que es reconocida generalmente.

Es cierto que hay como una tendencia a silenciar lo ya dicho, y también, como en otra ocasión se dijo ya en estas páginas, a no realizar lo que se ha afirmado que debería realizarse. El culto a san José, especialmente en la liturgia, no se corresponde con lo que de él han dicho los Papas mismos a partir de Pío IX.

Reflexionando sobre las razones de esta resistencia «sociológica», que en la Iglesia misma impide el hacer lo que se dice que debería hacerse, he pensado a veces que se deba tal vez a que nos cuesta admitir la primacía del oficio del patriarca José en la obra de la salvación humana –una primacía por la que nadie está por encima de él a excepción de María en su asociación a Cristo nuestro Señor– y también la excelencia de su santidad, correspondiente a aquella dignidad y oficio y a la fidelidad obediente con que lo cumplió.

José no perteneció al sacerdocio del Antiguo Testamento. De familia regia, en la que descansaba la divina promesa del Mesías rey y sacerdote, es decir, «de la casa de David», vivió oculta y pobremente, sin ningún poder ni prestigio terreno. En su tiempo se preguntaban si podía salir algo bueno de Nazaret, y sus contemporáneos, al recordar que Jesús era «el hijo del carpintero», «el hijo de José», lo hacían para mostrar su sorpresa y extrañeza ante la sabiduría y los signos milagrosos que revelaban la mesianidad y la divinidad de Jesús.

Toda la vida de José es vida oculta, vida privada, vida doméstica, y su fidelidad a la voluntad de Dios se ejerce aceptando lo revelado «en sueños». José no es profeta comparable a Juan Bautista. José, que murió con anterioridad a la vida pública de Jesús, no tenía tampoco ninguna misión apostólica, de anuncio del Evangelio, o de testimonio de la Resurrección.

La santidad de José, excelsa y sólo comparable a la de María, se ejerció en el cumplimiento de la voluntad divina, en un servicio a la Encarnación salvadora, no del carácter de predicación ni de manifestación milagrosa o carismática, sino totalmente cotidiano. De san José se puede decir que su excelsa santidad fue una santidad «de andar por casa».

Nuestra falta de fervor en el culto a José tal vez tenga que ver con nuestra dificultad de comprender que lo esencial de la santidad no está en carismas extraordinarios, ni siquiera en misiones al servicio «público», del Pueblo de Dios, sino en el cumplimiento creyente y amoroso de los designios divinos en el silencio oculto de la vida cotidiana.

Francisco Canals Vidal,
La Montaña de san José (marzo-abril de 1994) 12