«Dios, que ama a los hombres, mezcla trabajos y dulzuras, y éste es un estilo que sigue con todos los santos. Ni los peligros ni los consuelos nos los da continuos, sino que va entretejiendo de unos y otros la vida de los justos. Tal hizo con José».
Las palabras citadas, que pertenecen a una homilía de san Juan Crisóstomo sobre el Evangelio de san Mateo, tal vez contienen la primera expresión de lo que siglos más tarde se expresaría en la generalizada devoción de los siete dolores y gozos de san José.
Un capuchino italiano, Juan de Fano, en 1536, en un devocionario sobre El arte de la unión con Dios, sugería rezar cotidianamente siete Padrenuestros en honor de los siete dolores de san José. Ya a fines del siglo xvi se añadió la consideración de los siete gozos.
En el siglo siguiente, verdadera edad de oro de la devoción a san José, se multiplicó la mención de «los siete dolores y gozos» en devocionarios, preces, letanías y «septenarios», pensados primeramente para ser realizados en siete miércoles sucesivos. Pasaría más tarde a consolidarse la devoción en la forma que la conocemos: «los siete domingos de san José».
En las enumeraciones de los siete dolores y gozos, multiplicadas en escritores espirituales a lo largo de los siglos xvii y xviii, hallamos ya siempre la misma descripción de éstos que conservamos todavía hoy. De Italia pasó la devoción a Francia, México, Alemania, Polonia, España, Canadá, etc.
Los estudios muy documentados que se han publicado sobre estos temas a partir del año 1970, es decir, del primer Congreso Internacional josefino, conmemorativo del centenario del Patrocinio, nos dan un testimonio gozoso del crecimiento, extenso y profundo, sólido espiritualmente y arraigado en el pueblo cristiano, del culto a san José, en especial a partir de aquel siglo xvi, en el que santa Teresa de Jesús había dirigido su llamamiento profético a todos los cristianos, recomendándoles confiarse al glorioso Patriarca como a su padre y señor.
Esta ferviente devoción a san José tal vez no sea «noticia» ruidosa y presente en la contemporánea publicidad. Pero es siempre una realidad auténtica, profundamente influyente, y decisivamente orientadora en la vida cristiana de nuestros días.
Francisco Canals Vidal,
La Montaña de san José (mayo-junio de 1995) 10