He comprobado muchas veces que la mayoría de los cristianos, incluso los más devotos de san José, suelen desconocer el hecho del patrocinio del glorioso Patriarca sobre el Concilio convocado por el papa Juan XXIII y celebrado en su Pontificado y en el de Pablo VI.
A los treinta años del Concilio, José es el gran desconocido en su oficio de patrono y protector de sus tareas y de sus frutos.
No obstante, el nombre de José está en el documento de convocatoria, y en el de promulgación de los actos del propio Concilio. Fue pronunciado en el Aula conciliar en todas sus sesiones solemnes de apertura y clausura: es decir, el 8 de diciembre de 1962, por Juan XXIII; el 29 de septiembre de 1963 y en 21 de noviembre de 1964, por Pablo VI, cuando el nombre de José vino a preceder la declaración de María como Madre de la Iglesia.
Nuevamente el 7 de diciembre de 1965, en la clausura de las tareas conciliares, insistía Pablo VI en proclamar a José como patrono del Concilio Vaticano II.
Ante un silencio de treinta años, y ante el evidente principio de que el silencio no deroga la palabra: es decir, el no recuerdo o no insistencia en algo verdadero, no hace a esto menos verdadero ni menos trascendente ni eficaz, podemos preguntarnos si este silencio, al ayudar al olvido de muchos respecto de aquel patrocinio, no ha sido causa de que hayan dejado de producirse muchos bienes en la Iglesia.
Nos referimos, claro es, a todos aquellos bienes que en las muchísimas ocasiones en que Juan XXIII hablaba de san José como patrono del Concilio en sus audiencias a los fieles, durante el último año de su vida, afirmaba aquel Papa que debían esperarse para el pueblo cristiano y para el mundo de la protección del Patriarca esposo de María y padre de Cristo.
Mi oración es insistente ante Dios para que tales frutos se produzcan finalmente; y para que este silencio cese; y san José sea siempre glorificado como protector paterno del Concilio Vaticano II.
Creo que hay que mantener siempre esta esperanza y no dejar tampoco de expresarla también a modo de súplica filial dirigida a nuestros padres en la fe, a los obispos y al Papa, para que se insista de nuevo en la alentadora confianza en el celeste protector de todo bien.
Ponga madre Petra también su intercesión ante Jesús y María, para que toda la Iglesia sea cotidianamente iluminada por la presencia y el ejemplo de san José, de modo que se cumplan finalmente todos los fines que el Espíritu Santo quiso que se cumplieran en la Iglesia de Cristo a partir del Concilio Vaticano II.
Francisco Canals Vidal,
La Montaña de san José (septiembre-octubre de 1995) 11