Para preparar bien la comunión, la Iglesia nos propone la oración del Señor: el Padrenuestro. Fue el papa san Gregorio Magno quien, según los liturgistas, organizó estas oraciones que nos tienen que preparar para comulgar bien.

Hay muchos comentarios sobre el Padrenuestro. Uno de los más completos es, ciertamente, el de nuestra madre santa Teresa. En el Camino de perfección dedica quince capítulos (del 27 al 42); solo este dato ya muestra la importancia que le da.

Una vez Jesús oraba… Cuando hubo acabado, uno de los discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar. Él les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro(Lc 11ss).

Jesús nos da en su oración lo que él pide continuamente al Padre, porque Jesús vive siempre intercediendo a favor nuestro (He 7,25).

Jesús nos enseña el orden en el que tenemos que pedir:

—el nombre, el Reino, la voluntad del Padre (primera parte);

—el pan, el perdón, la liberación del mal (segunda parte).

Jesús nos da, además, el ritmo, que hace un poema, un salmo, un cántico.

Sobre todo, el cómo tenemos que pedir. Como hijos pequeños al Padre y, por lo tanto, sintiéndonos hermanos de todos, del todo y siempre.

Aquí en concreto, puesto que preparamos la comunión —la entrada de Jesús en nuestro corazón y en nuestra alma—, se nos enseña la fuerza imponente de la unión íntima con el Padre. En palabras de Jesús, y en el Espíritu Santo, porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu intercede él mismo por nosotros… (Rm 8,26), intercede por el pueblo, a favor del pueblo santo, tal como Dios quiere. Sabemos que lo dispone todo en bien de quienes lo aman… y nos hace gritar: ¡Abba, Padre! (Rm 8,15).

—En el Padrenuestro, el Espíritu y Jesús nos entregan al Padre.

—El Padrenuestro ya es, en sí, una comunión con Dios en los hermanos.

—Es la oración más importante del mundo, porque es la que hace Jesús, y la podemos hacer nuestra, en el Espíritu Santo.

—Es la oración mejor hecha, más armoniosa y mejor acabada.

Una experiencia personal: en 1992 el papa san Juan Pablo II visitó tres países africanos, Ruanda entre ellos. Celebró una misa multitudinaria que duró cuatro horas. Un Padre Blanco vasco, que se llamaba Manuel Daguerre, cogió una insolación. Mucha fiebre, hospital y murió tres días después. Lo visitamos con mi compañero el padre Amat Berenguer. Hablamos poco. «Nos tenemos que ir. Digamos un Padrenuestro todos juntos.» Justo acabado el Padrenuestro… dio el último suspiro. «¡Qué manera más bonita de morir!», pensé. Ya firmaría.

Entre los veintitrés mártires de Uganda, uno que se llamaba Gonzaga Gonza murió porque enseñaba el Padrenuestro al hijo del primer ministro. Se lo dijeron al rey Mutesa y este, enfurecido, cogió la lanza y se la clavó al cuello. Sobrevivió un día y medio sufriendo mucho. Un mártir del Padrenuestro.

En las misas de Navidad en Ruanda venía todo el mundo: cristianos, catecúmenos y paganos. En el momento del Padrenuestro lo rezaban todos, incluyendo los paganos.

—¿Cómo es esto? —pregunté a un catequista el primer año.

—Es que el Padrenuestro impacta a todo el mundo. Y todo el mundo lo quiere aprender. ¿Por qué será? —me preguntaba.

Lo medité mucho. El Padrenuestro es genial. Tiene el tronco central: Padre nuestro y tres ramas por lado:

—tu nombre: el pan;

—tu Reino: el perdón;

—tu voluntad: la liberación del mal.

Los dos lados son armoniosos. Jesús hace una menorá. La menorá era, entre los judíos, el candelabro de los tres brazos por lado, siempre encendidas las velas, rodeando el tronco central. En total son siete velas o cirios. Cuando lo rezamos, quizás no nos damos cuenta. Por esta razón entra en el corazón de los hombres limpios. Y, si nos fijamos bien, está pensado para que participemos, en torno al Padre, todos los hermanos. Es decir:

—cuando colaboro dando el pan, santifico su nombre;

—cuando perdono, hago progresar su Reino de paz;

—cuando lucho para ayudar a vencer el mal, cumplo y hago cumplir su voluntad así en la tierra como en el cielo.

Esto lo intuye cualquier persona de buena voluntad. Y también se intuye que, cuando las personas, las familias, las comunidades y países tienen pan, perdón para no hacerse nunca guerra y liberación de los males, son felices, en torno a Dios Padre que nos ama.

Pedimos, pues, mucho más de lo que pensamos. Como en la Eucaristía, y, por lo tanto, nos prepara idealmente para comulgar.

Nuestra madre santa Teresa dice, comentando el Padrenuestro: «¿No fuera el fin de la oración esta merced, Señor, tan grande? ¡Oh Hijo de Dios y Señor mío! ¿Cómo dais tanto junto a la Primera Palabra? Ya que os humilláis a vos en extremo tan grande en juntaros cono nosotros al pedir y haceros hermano de casa tan baja y miserable, ¿cómo nos dais en nombre de vuestros hijos, que vuestra palabra no puede faltar? (cap. 28, 1-2).

Afirma un concepto maravilloso: «en juntaros con nosotros al pedir…». Y es que el Padrenuestro no lo decimos nunca solos. Siempre el Espíritu Santo nos precede, nos acompaña y nos sostiene.

El Padrenuestro es la oración de la Iglesia. Nos hermana a todos. Es la oración del Señor, del Verbo encarnado, de nuestro Maestro. Es el corazón de las Sagradas Escrituras. Recapitula la Ley, los profetas y los salmos. Contiene toda la buena nueva de la revelación. Puesto en el centro del sermón de la montaña, es un anuncio y una promesa de la vida eterna, donde ya no faltará pan, ni perdón (allí nadie se peleará), ni habrá ningún mal.

Y, para terminar, la frase lapidaria y genial de Tertuliano: «La oración dominical, es decir, del Señor, es el resumen de todo el Evangelio.»

Es la preparación para recibir solemnemente la comunión.