El complemento del Padrenuestro es una oración que el sacerdote dice a solas: «Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro SalvadorJesucristo.»
Y el pueblo hace esta aclamación:
«Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.»
Esta oración, pues, con la pequeña aclamación, son un complemento del Padrenuestro; empieza con la última petición y acaba evocando la primera parte del Padrenuestro:
—«Tuyo es el reino» («venga a nosotros tu reino»),
—«tuyo el poder» («hágase tu voluntad»)
—«y la gloria» («santificado sea tu nombre») son nociones prácticamente idénticas.
La novedad de esta oración —parece que es antiquísima— es pedir que por su misericordia nos guarde de pecado… «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo».
Es una oración introducida en los momentos de las persecuciones. Desde Nerón, que empezó la primera matanza de cristianos en el año 64 dC, hasta Constantino, que promulgó el edicto de libertad para los cristianos en el año 313, hubo ocho persecuciones fuertes. Cada generación tuvo la suya. Ante el desaliento y sobre todo la desconfianza que sentían sectores de cristianos, el Espíritu Santo inspiró esta oración para pedir sobre todo la esperanza. «Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo.»
Es, pues, una petición muy importante. Imprescindible en momentos de persecución. Y muy importante también para nosotros, porque siempre hay mártires en el mundo, siempre hay perseguidores.
Habréis notado que, desde hace cierto tiempo, pongo más fuerza que antes en el momento de decir esta expresión. Es más o menos desde que leí un libro de un periodista cristiano de Tortosa que afirma que en estos últimos años —no precisa cuántos— ha ha habido 150.000 mártires anuales en el mundo. Y los grandes periódicos siempre esconden la noticia; como si matar cristianos fuera una cosa normal. Y esto ha ido muy bien a los grupos islámicos extremistas, que, por cierto, se han abonado.
Solo en 2014, el año en que yo celebraba los cincuenta años de presbítero, asesinaron a 140.000 en Siria. Y dos años seguidos explotaron bombas en la misa de Nochebuena en El Cairo. Esto me ha ido impactando… y quiero que se note cuando levanto más la voz al pronunciar esta plegaria de esperanza. «Mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo.» Tengo en la cabeza y en el corazón esta multitud de mártires actuales, de nuestros días, quizás de hoy mismo.
La esperanza y la confianza la ponemos en Jesús, nuestro Salvador. No tenemos otro. Y como en la misa abrazamos al mundo, este es el momento de abrazar a los mártires. Que no pierdan la esperanza. Que confíen plenamente en Jesucristo, que con su amor siempre «nos precede, nos acompaña y nos sostiene», como dice Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret.
También muchos hermanos de aquí y de allá pierden la esperanza ante la persecución cultural que todos sufrimos en esta época de nuestra historia. El papa Francisco ha hablado de apostasía colectiva. Muchos han caído en el desaliento, el fatalismo y la desconfianza, dice él en la exhortación apostólica Evangelii gaudium. Confiemos, dice él. «Jesucristo está vivo, nos ha enviado su Espíritu que siempre puede actuar y nos puede sorprender. Tengamos la certeza de que está presente en cada momento y en cada época, de que no sabemos dónde puede actuar, ni cómo, ni cuándo. Pero sepamos que no se puede perder ningún acto de amor, ni ningún cansancio sufrido por los demás, ni ninguna dolorosa paciencia.» ¡Confiemos!
Dice una pequeña parábola, un poco exótica, que hubo un tiempo en que se podía hacer turismo al infierno. Y que Satanás hacía de guía y explicaba las diversas formas de tormentos. En un lugar de honor había una caja fuerte.
—¿Y esta caja qué es? —pregunta un curioso.
—¡Ah! —responde el diablo—; aquí guardo la pequeña llave de la confianza. Cuando consigo entrar en el corazón de una persona y esta pierde la confianza, sé que aquella persona será mía.
Las pequeñas grandes oraciones que Jesús ha enseñado en nuestra época son oraciones de confianza, como me parece recordar que dije no hace muchos días, hablando de santa Teresita. Confiar es una virtud que podemos tener por los demás, por los que se lo pasan mal, por los que son perseguidos y maltratados.
Sabed que desde el año pasado el señor obispo Romà Casanova me nombró consiliario de la Hospitalidad de la Virgen María de Lourdes. El año pasado me explicaron un caso que muestra que no podemos perder nunca la confianza.
Un padre incrédulo acompañó a Lourdes de Francia a una hija suya que iba en silla de ruedas. La pobre le había insistido mucho. Él renegaba por dentro. Pero la procesión del santísimo Sacramento pasó delante de él… hubo conmoción. Se reencontró con él. «Había venido por la insistencia de mi hija, que pensaba curarse en Lourdes. Pero el Señor me ha curado a mí, de una dolencia mucho más grave: la de mi incredulidad.»
Jesús Eucaristía se manifestó como verdadero y único Salvador. Que nunca dejemos de confiar y que sea la fuerza de los mártires, de los cansados, de los desanimados y de los murmuradores de nuestros tiempos.