Después de la oración que completa el Padrenuestro viene el rito de la paz (Misal Romano). Es la oración para pedir la paz. «La paz del Señor sea siempre con vosotros.» Y el «Daos fraternalmente la paz».

La oración de la paz es de san Gregorio Magno. La quiso aquí porque, cerca del año 600, Roma estaba asediada por los bárbaros lombardos y no tenía defensores cualificados. El emperador vivía en Constantinopla y no podía enviar refuerzos. Una invasión de saqueo era terrible. Entraban saqueando, con violaciones y violencias de todo tipo.

San Gregorio, que además de ser santo era la columna vertebral y el único punto de referencia de la ciudad, hizo lo que hace un santo: poner a toda la ciudad de Roma a orar día y noche. Él iba a las iglesias y predicaba la conversión y hacía declamar esta oración para que la ciudad no fuera atacada.

Gracias a este ambiente de oración, que san Gregorio impuso a todos los cristianos de la Ciudad Eterna, así como por su diplomacia con el jefe lombardo Agilulfo, los bárbaros no la saquearon.

Y san Gregorio, que hizo muchas reformas litúrgicas, puso esta oración antes de la fracción del pan y de la comunión. La oración es corta, pero densa:

—«Señor Jesucristo…»: esta petición es una expresión para mover la compasión y mostrarle un amor humilde de ternura;

—«… que dijiste a los apóstoles…»: recorre el momento de la primera y segunda aparición en el cenáculo (cf. Jn 20) después de resucitar;

—«… Mi paz os dejo, mi paz os doy…»: la paz es el don de Jesús; es la seguridad de su amor; todo se gana con la paz, mientras que todo se pierde con la guerra; a la paz la tenemos que estimar como el mejor tesoro:

—la paz del corazón y la liberación del pecado;

—la paz en familia y en comunidad, indispensable para crecer en el amor a Dios y a los hermanos;

—la paz en la ciudad y en el país, que crea el ambiente necesario para todo progreso humano y evita el hambre;

—la paz que nos permite celebrar la santa Eucaristía con tranquilidad y el gozo del Espíritu Santo; la guerra, en cambio, lo destruye todo.

Cuando tuvimos en España nuestra guerra civil, las iglesias fueron quemadas, los sacerdotes y laicos buenos, asesinados.

El genocidio de Ruanda lo destruyó todo. Las iglesias se abandonaron y toda autoridad desapareció. Durante cien días murieron más de 800.000 personas. Los hutus y los tutsis se mataban entre ellos. Gente drogada y descontrolada.

Increparon a un sacerdote:

—Tú, ¿quién eres?

—Soy sacerdote.

—¿Eres hutu o tutsi?

—Soy sacerdote.

Y lo mataron a golpes de machete. Era hutu. Los horrores de la guerra los conocemos tan bien que no hay que insistir.

San Gregorio igualmente los conocía tan bien que hizo lo posible y lo imposible para salvar a Roma de la violencia. Y lo consiguió. Dios le otorgó la paz. Y el santo mandó que siempre se rezase esta oración al Señor «nuestro» Jesucristo.

Y «… no mires nuestros pecados…», que siempre son la causa de las guerras;

«… sino la fe de tu Iglesia…»: de la Iglesia arrepentida, orante y humilde, que solo quiere vivir para alabar a Dios y salvar a los hombres;

«… y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad»: que tú pediste al Padre, en el Espíritu Santo, en bien de todos los hombres. Para que todo el mundo conozca la verdad y entre en la vida eterna.

«Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.»

«Amén.» Es el segundo gran amén de toda la comunidad orante, que se prepara para comulgar.

Teníamos aquí, en nuestra iglesia, una señora, que se llamaba Teresita, la cual murió de vieja y que daba la paz a todo el mundo. Dejó su recuerdo. En nuestra misa todos os dais la paz. Todos mostráis afecto fraternal. Todos os deseáis el bien. Lo encuentro maravilloso. Me siento bien. Incluso un buen cristiano sube al altar para transmitirme esta fraternidad gozosa.

Respondéis magníficamente al «Daos fraternalmente la paz». «Es el mejor momento de la misa», me decía una devota feligresa. Es un momento festivo y alegre. No olvidemos que si podemos darnos la paz es porque Dios nos la ha dado. Y tantos y tantos millones de cristianos la van pidiendo cada día. Y tantos y tantos millones de cristianos lo agradecen a Dios, que es el único que nos la puede dar.

Vivamos, pues, el momento de la paz con agradecimiento y caridad. Deseándola a todos los hermanos del mundo, especialmente a a los que no la tienen.