Con una incisiva y densa combinación, el Concilio Vaticano II define la liturgia fons et culmen, fuente y cumbre de la vida cristiana. Es «la fuente de donde mana toda su fuerza vital» y «la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia» (Constitución Apostólica Sacrosactum Concilium, 10). Sin la celebración de la liturgia la comunidad cristiana se extingue. Con el tiempo se vuelve asténica, pierde la energía que la sostiene en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte: una energía sobrenatural que es la Gracia. La liturgia es la acción de la Gracia y a ella tiende el ánimo, la mente, el corazón y todas las obras de quienes forman la Iglesia: no sólo los sacerdotes que la presiden, sino también los fieles laicos que participan en ella.
Las celebraciones en las iglesias no son simplemente «manifestaciones públicas» que expresan la iniciativa de algunos ciudadanos de reunirse en horas y lugares predeterminados, de acuerdo con normas que garantizan y regulan el ejercicio de las libertades constitucionales. Las asambleas litúrgicas y sacramentales son una dimensión imprescindible, coesencial junto con la proclamación del Evangelio y la caridad, de la existencia misma de la Iglesia, no una simple prerrogativa de su libertad reconocida civilmente. Sin bautismos, misas, bodas, funerales y otros ritos litúrgicos, no sólo se pierden las manifestaciones religiosas de la fe y de la historia cultural de un pueblo: está en juego la vida cristiana, con todo lo que significa para la persona y la comunidad. En circunstancias extraordinarias de peligro social, durante las catástrofes públicas, mientras los creyentes colaboran activamente en la seguridad y la salud de todos sus conciudadanos, no cesa su demanda a Dios de salvación a través de los ritos litúrgicos, especialmente con la celebración de la misa. Pero por caridad pastoral y sentido de la responsabilidad cívica esto se confía directa y exclusivamente al sacerdote, que ofrece a Dios el sacrificio eucarístico no sólo in persona Christi, sino también pro populo. El pueblo cristiano participa indirectamente, participando en la acción litúrgica-sacramental a través de la lectura de la Palabra, la oración y la comunión espiritual y, cuando es posible, también a través de las transmisiones de audio y vídeo. Así, en las semanas de Cuaresma y Pascua, y no sin profundo sufrimiento para los pastores y fieles, nos hemos privado de esa unidad visible que nos hace saborear a través de nuestros sentidos la belleza y la dulzura de la comunión fraterna que une espiritualmente a todos los creyentes en Cristo. El mayor sufrimiento es no ver a nuestro alrededor un bien que sin embargo está presente.
Ahora, mientras entramos ya en la segunda fase de la emergencia pandémica, aquella en la que la disminución de la presión del contagio viral permitirá una remodulación de las medidas de aislamiento y la reanudación de las actividades más urgentes para la vida social y económica, la Iglesia italiana se prepara también para la reanudación de las celebraciones públicas esenciales – en primer lugar la misa y los sacramentos – en la medida y en la forma en que sea posible en el marco de las nuevas medidas profilácticas que los responsables políticos indiquen. Estas celebraciones no son menos necesarias para los fieles de lo que son otras actividades sociales para los ciudadanos.
Apenas sea posible, ya no se nos pedirá que hagamos el sacrificio de no asistir a misa o no celebrar un funeral, sino de vivirlos con un ceremonial adecuado a las reglas de la profilaxis social. Esto implicará, para los sacerdotes, preparar el lugar, el mobiliario las medidas de higiene en las iglesias y llevar a cabo los ritos según criterios y con medios que no habían sido utilizados anteriormente y, para los fieles, participar de forma renovada, abandonando algunos hábitos, como el horario habitual para ir juntos a misa o el mismo lugar para sentarse en la iglesia. Lo harán con ganas, tanto sacerdotes como laicos, por amor al misterio de Cristo celebrado y «para salir del túnel» en el que estamos – como el Papa Francisco recordó en Santa Marta – porque la Iglesia «es familiaridad concreta con el pueblo».
Publicado en Avvenire por Don Roberto Colombo, de la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad Católica del Sacro Cuore de Roma.