El misal indica: «Después de la paz, el sacerdote coge la hostia y la parte… y deja caer una partícula en el cáliz, diciendo en secreto:
Que esta conmixtión del cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo sea, para quien los recibiremos, prenda de vida eterna.»
«Mientras tanto —continúa el misal— se canta o se recita:
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.»
Esta invocación se puede repetir varias veces si la fracción del pan se alarga. La última vez se dice: «… danos la paz.»
La riqueza de la Eucaristía es inagotable. Y esto se ve con los diversos nombres que se le han dado en la historia. Cada nombre evoca alguno de sus aspectos. Se dice:
- Eucaristía: Porque es una inmensa acción de gracias a Dios. Le agradecemos sus obras de creación, redención y santificación.
- Comida del Señor: Porque se trata de la santa cena que el Señor celebró con sus discípulos el anochecer de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero en la Jerusalén celestial (cf. Ap 19,9).
- Memorial de la pasión y resurrección: Las actualizamos. De hecho, las volvemos a vivir, pero ahora de manera incruenta.
- Santo sacrificio: Porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador. O también santo sacrificio de la misa:
—sacrificio de alabanza (cf. Hch 13,15);
—sacrificio espiritual (cf. 1Pe 2,5);
—sacrificio puro (cf. Mt 1,11) y santo porque completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.
- Misa: De «misión», porque los fieles son enviados a cumplir la voluntad de Dios en la vida de cada día.
- «Fractio panis»: Fracción del pan, porque este rito, propio de los banquetes judíos, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como jefe de casa y padre de familia. Sobre todo en la última cena, como vemos (cf. Mt 26,26; 1Co 11,24).
Este gesto de la fracción del pan es el que permitirá a los discípulos de Emaús reconocerlo después de la resurrección (cf. Lc 24). Y también es el nombre que usaron las primeras comunidades para designar las reuniones eucarísticas (cf. Hch 2,22; 20,7).
Por este nombre se quiere significar que todos los que comen de este único pan forman un solo cuerpo con él (cf. 1Co 10,16).
En este pan, partido y multiplicado al infinito en todas las misas del mundo, vemos también la fuente de misericordia, que siempre mana abundante de las manos de Jesús en los santos misterios de la liturgia y de la comunión. Y es especialmente aquí donde todos tenemos que aprender a ser misericordiosos como lo es Jesús, viéndolo del Padre del cielo. Aquí nace la compasión de la Iglesia, del mismo corazón de Jesús. De aquí nace la caridad de los cristianos, el hecho de compartir dones, trajes y alimentos en todas las Cáritas del mundo. Sustituyen las sociedades civiles, que hacen leyes de reparto de riquezas pero que nunca se cumplen. Los dramas del hambre de los países pobres de ayer, de hoy y de siempre claman justicia y más igualdad. Estas, sin embargo, no pueden llegar sin la misericordia.
En África, cuando había momentos de miseria, porque las lluvias no caían a tiempo, lo dejábamos todo y nos poníamos a repartir alimentos. Era un trabajo bonito pero cansado.
Un día, tenía toda una hilera con poca paciencia y se me echaron encima, haciendo caer por tierra el saco de judías que yo repartía. Me vinieron tentaciones de dejarlo todo. Pero vi los ojos de una mujer, que se llamaba Leocadia, que me dijo:
—Padiri, tened paciencia. Yo ahora tengo seis hijos que me esperan para poder comer y soy viuda.
—Pero si solo tenías cuatro la semana pasada.
—Es que se murió la vecina que dejó dos hijos y, como yo era la que vivía más cerca, vi que me tocaba a mí recogerlos y adoptarlos. Porque soy cristiana.
¡Santa solidaridad misericordiosa de los pobres! Y la tendrían que tener todos los hombres, especialmente los que poseen responsabilidad y poder.
El dolor del mundo tiene que tener el contrapeso de la misericordia hecha justicia y amor a los pobres. Las obras de piedad que hacemos, simbolizadas en el gesto de la Eucaristía de partir el pan, salen del corazón de Cristo, que se entrega por todo el mundo. Si él no hubiera partido su pan, su cuerpo, su vida, hoy en el mundo no habría reparto de alimentos.
El ejercicio de misericordia que hacemos en la liturgia se entiende cuando la hacemos en los hermanos. Ayudar al necesitado es, por extensión, un acto litúrgico, un culto a Jesús, que nos dice: Todo aquello que hagáis a uno de estos pequeños, a mí me lo hacéis (cf. Mt 25,45).
San Martín de Tours, cuando era todavía catecúmeno militar, partió su capa para darle la mitad a un pobre desnudo, y al atardecer se le apareció Jesús, vestido con su capa.
Y san Juan nos dice en la primera carta: Jesucristo ha dado su vida por nosotros. Por eso también nosotros tenemos que dar nuestra vida por los hermanos (1Jn 3,16).
Como hemos dicho, mientras tanto el pueblo recita o canta: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.»
Esta invocación, repetida de forma litánica, también la debemos a san Gregorio Magno, que, siendo embajador del papa («apocrisiario») ante el emperador de Constantinopla, vivía con los monjes y compuso las oraciones litánicas que ahora tenemos en la misa. Esta invocación la recita o la canta la asamblea, mientras el sacerdote va partiendo el pan, ya que se trata del Cordero llevado a matar que da su sangre por nosotros. Poco a poco, el Espíritu Santo nos inspirará que se trata del Cordero que invita a la Iglesia a entregarse; es decir, todos nosotros que participamos de la Eucaristía tenemos que imitar este gesto que es, para Jesús, su festín de bodas (cf. Ap 19,9).
Se nos da ahora para borrar el pecado del mundo, es decir, nuestros pecados, a fin de poder ser nuestro Esposo para toda la eternidad.