Después el sacerdote, con las manos juntas, tiene que decir, en secreto, una de estas dos oraciones. Escojo la que aprendí en latín y que todavía voy diciendo.

Es una oración que nos propone la Iglesia para preparar bien la comunión del presidente de la asamblea. La quiero explicar para que me encomendéis a Dios cuando me dispongo a comulgar antes de distribuiros el cuerpo de Cristo. Como nos enseña el Concilio de Trento, todos, cuando comulgamos, recibimos el cuerpo, la sangre, el alma, la humanidad y la divinidad de Jesucristo. Es un misterio tan grande que nos abruma. Mirad lo magnífica que es esta oración. Nos hace pedir tres gracias a la santísima Trinidad, precedidas de un gran acto de fe:

«Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti.»

Esto es lo que tengo que pedir a Jesucristo. Y esto es lo que os pido que, al menos en la intención, pidáis para mí:

—que el Señor me libere de todo pecado y de todo mal; es una súplica que va en el sentido de la pureza;

—que me haga siempre fiel a sus mandamientos; es una intención que va en el sentido de la obediencia;

—que no permita que me separe nunca de él; es una grandísima intención, lo alcanza todo; pero, en mi intención profunda, la interpreto en el sentido de la pobreza o, si queréis, de la renuncia y el desprendimiento de las cosas creadas.

Puesto que en los numerosos libros que he leído sobre la Eucaristía no he encontrado nunca ningún comentario convincente sobre esta oración, probablemente porque es una oración privada, me tengo que contentar con una opinión que he encontrado, una sola vez, en un libro de una mística.

En el siglo xiii, un sacerdote de Praga iba a ver al santo padre por una cuestión de beneficios. Celebrando misa en Volterra (Italia), dudó de la presencia real… y de la sagrada hostia cayeron cinco gotas de sangre sobre los corporales. El papa en aquel momento estaba en Orvieto de paso. Y en procesión solemnísima fueron a buscar aquella reliquia. Se le construyó una catedral-relicario que es una maravilla muy visitada.

Allí estaban santo Tomás de Aquino y san Buenaventura para que compusiesen las partes variables de la misa de Corpus. Santo Tomás de Aquino fue designado para ser el primero en leer los textos que él compuso en poesía. Todo el mundo lo consideró tan extraordinario que, aún antes de acabarlo, san Buenaventura rompió los papeles que él había compuesto. Y por eso hoy en día todavía cantamos el Tantum ergo. Así nació el oficio de la fiesta de Corpus.

Parece que en aquel momento se compuso esta oración que el sacerdote dice en privado para que no le suceda lo del sacerdote de Praga.

Y, dado que las peticiones que hay después de haber hecho un gran acto de fe trinitario son tres, yo he ido asociando las tres condiciones que la Iglesia encontró a través del mundo monacal y que son la castidad, la pobreza y la obediencia, para seguir a Jesús al pie de la letra.

Después levanta la sagrada forma, la enseña al pueblo y dice: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los llamados a la cena del Señor.» Cena que es festiva, de bodas del Cordero celestial, que se nos da como el pan de los ángeles, el maná de vida eterna. El fruto más sabroso de la cruz de Cristo. Es así como él se ha querido quedar entre nosotros y para siempre.

Una religiosa me ha dicho varias veces que «Este es el Cordero de Dios…» es la frase que más la impacta de toda la misa. Que puede quedarse horas contemplando en torno al Cordero, es decir, la víctima que se ofrece por nuestra salvación; que la ayuda a valorar el sacrificio callado de Jesús, el cual viene para sacarnos del pecado y de la muerte. Que nada se le podrá resistir y que al fin triunfará de todo mal.

Es el Cordero degollado y que está en pie, es decir, muerto y resucitado, presidiendo el culto celestial, y a quien los veinticuatro ancianos no cesan de alabar en la liturgia del cielo (cf. Ap 7,9-17): «La salvación viene de nuestro Dios y del Cordero.»

Y el capítulo 14 del Apocalipsis también describe otra liturgia celestial: el Cordero y su séquito: Después vi al Cordero de pie sobre la montaña de Sión, y con él estaban los ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y de su Padre (Ap 14,1). Y el mismo Apocalipsis canta: Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero… (Ap 19,7).

Y todo viene del precursor Juan Bautista, que bautizaba en el Jordán: Y al día siguiente Juan vio que Jesús venía hacia él, y exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1,29).

Recibe una inspiración del Espíritu Santo. Y esta emoción la sentimos cada vez que damos la comunión o vamos a comulgar. ¡Me siento feliz de hacer el papel de Juan Bautista, presentando a Jesús como él… ¡que por algo es mi patrón!

¡Es magnífico ver cómo Jesús ha escogido este título, cada vez que entra en casa y en el cuerpo de cada uno de sus hijos que se le acercan para comulgar!