El ritual dice: «Acabada la distribución de la comunión, el sacerdote purifica la patena y el cáliz y dice en secreto: “Que aquello que hemos recibido externamente con los labios lo alcance interiormente nuestro espíritu, Señor; y que este don temporal sea para nosotros un remedio eterno.”»

Después se va a su sede y guarda un rato de silencio sagrado, sugiere el ritual.

Me toca hablar del silencio sagrado. Y en verdad que lo veo difícil. Es evidente que, acabando de comulgar, no se trata de cualquier silencio, puesto que tiene un gran significado. Es un silencio lleno de admiración porque tenemos el cuerpo de Cristo en nuestro interior. Mejor dicho, Dios nos ha tomado y nos rodea con su sombra. Somos poseídos por Jesús. Estamos entregados a él. Le entregamos aquello que somos y aquello que hacemos.

Estamos embelesados, admirados, agradecidos y adorantes. Es un momento de la misa absolutamente único, inmerecido e incomprensible. Como dijo san Pablo VI en su homilía del Jueves Santo el 7 de abril de 1966: «¿Por ventura no es él la Palabra de Dios hecha hombre y, por tanto, nuestro? Se ha acercado tanto a nosotros que nos reviste de él, nos embriaga, y al mismo tiempo nos humilla ynos deslumbra.»

Santa Teresita describe su primera comunión: «¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma…! Fue un beso de amor. Me sentía amada y yo le decía: Te amo y me doy a ti para siempre… Aquel día no fue una mirada, sino una fusión. Ya no éramos dos. Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del océano. Solo quedaba Jesús. Él era el amo, el rey…»

El silencio es el fuego que quema y purifica todo aquello que contiene la armonía. Este silencio sagrado es una contemplación pura.

San Pablo VI dijo en una audiencia que la contemplación es la forma más grande de la actividad humana. Contemplar es la vida del alma. El contemplativo es el que se ignora a sí mismo en la oración.

San Gregorio Magno dice que la vida contemplativa saborea ya la vida futura. «La oración busca, pero la contemplación encuentra.» Este silencio sagrado es pura adoración.

«Que nadie coma de esta carne sin haberla adorado antes», dice san Agustín.

El adorador es invitado a entrar, con toda su persona, en el dinamismo de la ofrenda de Jesús al Padre. Adorar es mirar a Jesús con ojos de niño, como lo hace el hijo pequeño con sus padres. Mirarlo. ¿Pero cómo? Con todo el amor posible.

También aquí san Pablo VI nos puede ayudar, con un texto que ya recordamos anteriormente:

«Toda nuestra vida es una ceremonia conmemorativa. Queremos llenar nuestro espíritu con el recuerdo de él, de nuestro Hermano divino, de nuestro único Maestro, de nuestro Salvador. Su imagen — ¡oh si pudiéramos disfrutar de su retrato verdadero! — tiene que estar ante los ojos de nuestra alma, en las formas que nos sean más queridad y expresivas, más humanas y más solemnes. Él, sencillo y humilde; él, fuerte y solemne; él, nuestro Señor y nuestro Dios; en cierto modo tenemos que verlo, sentirlo, sobre todo, pero saber que está presente. Su Palabra, su Evangelio, tienen que salir espontáneamente de nuestro subconsciente, y tienen que hablarnos como si lo escucháramos, como si en un instante la pudiéramos recordar y entender toda. ¿No es él la Palabra de Dios hecha hombre y, por tanto, hecho nuestro? Y la aureola inmensa de la profecía y de la teología… lo rodea y lo define, y nos lo hace tan próximo que casi nos reviste de él. Tenemos que recordarlo. Él es nuestro Redentor. Es un deber de la memoria que estamos cumpliendo. Es revivir en nuestro espíritu su imagen.»

Es una cita larga de un enamorado de Jesús que nos quiere ayudar a amarlo y a tenerlo siempre delante para poderlo escuchar y poderle hablar, para poderlo contemplar y poderlo adorar.

Cada uno de nosotros se ha hecho una imagen preferida de Jesús. ¿Cuál es? ¿Cómo me relaciono con él? ¿Me pongo a menudo a su lado?

Hay tantas imágenes posibles…

—Él es el Hijo del Padre; por tanto, es mi Hermano mayor.
—Es el Rey del amor; confío en su misericordiosa bondad. (En los dos últimos años, esta imagen ha sido mi preferida.)
—Es el Amigo fiel que no me abandona nunca.
—Es el Gran Sacerdote que cada día me posee y me espera.
—Es el chorro de agua viva que se me quiere dar, como a la samaritana.
—Es la luz del mundo que me permite no perder el camino.
—Es el pan de vida que cada día puedo comer y me alimenta.
—Es el Salvador del mundo.
—Es el buen Pastor que da la vida por las ovejas.
—Es el que me mira y me llama, como a Pedro, y me dice: «Sígueme.»
—Es el intercesor incansable que tengo ante el Padre.
—Es el que me da la mano para que no caiga ni me hunda.
—Es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia.
—Es la flor de las vírgenes que os habéis consagrado a Dios.
—Es el Niño sentado en el regazo de María que nos pone la mano en la cabeza.
—Es el compañero de todos los caminos, que me guía para que no me pierda.
—Y es el Cordero de Dios que quita el mal del mundo y está en la cabecera de la mesa donde todos estamos sentados.

Son imágenes que van saliendo de nuestro subconsciente, como dice san Pablo VI. Y, ahora una, ahora otra, llenan este silencio sagrado… que siempre se nos hace demasiado corto.

¡Oh silencio sagrado de la sagrada comunión!